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domingo, 27 de diciembre de 2015


¿DÓNDE?

¿Me extravié en la fiebre?
¿Detrás de las sonrisas?
¿Entre los alfileres?
¿En la duda?
¿En el rezo?
¿En medio de la herrumbre?
¿Asombrado a la angustia,
al engaño,
a lo verde?
No estaba junto al llanto,
junto a lo despiadado,
por encima del asco,
adherido a la ausencia,
mezclado a la ceniza,
al horror,
al delirio.
No estaba con mi sombra,
no estaba con mis gestos,
más allá de las normas,
más allá del misterio,
en el fondo del sueño,
del eco,
del olvido.
No estaba.
¡Estoy seguro!
No estaba.
Me he perdido.

Oliverio Girondo

jueves, 17 de diciembre de 2015


Cansancio

Cansado.
¡Sí!
Cansado
de usar un solo bazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios.
Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.
Cansado.
¡Sí!
Cansado
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre,
desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado,
enano.
Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.

Oliverio Girondo

viernes, 29 de mayo de 2015

  
TESTIMONIAL

Allí están,
allí estaban
las trashumantes nubes,
la fácil desnudez del arroyo,
la voz de la madera,
los trigales ardientes,
la amistad apacible de las piedras.

Allí la sal,
los juncos que se bañan,
el melodioso sueño de los sauces,
el trino de los astros,
de los grillos,
la luna recostada sobre el césped,
el horizonte azul,
¡el horizonte!
con sus briosos tordillos por el aire.

¡Pero no!
Nos sedujo lo infecto,
la opinión clamorosa de las cloacas,
los vibrantes eructos de onda corta,
el pasional engrudo
las circuncisas lenguas de cemento,
los poetas de moco enternecido,
los vocablos,
las sombras sin remedio.

Y aquí estamos:
exangües,
más pálidos que nunca;
como tibios pescados corrompidos
por tanto mercader y ruido muerto:
como mustias acelgas digeridas
por la preocupación y la dispepsia;
como resumideros ululantes
que toman el tranvía
y bostezan
y sudan
sobre el carbón, la cal, las telarañas;
como erectos ombligos con pelusa
que se rascan las piernas y sonríen,
bajo los cielorrasos
y las mesas de luz
y los felpudos;
llenos de iniquidad y de lagañas,
llenos de hiel y tics a contrapelo,
de histrionismos madeja,
yarará,
mosca muerta;
con el cráneo repleto de aserrín escupido,
con las venas pobladas de alacranes filtrables,
con los ojos rodeados de pantanosas costas
y paisajes de arena,
nada más que de arena.

Escoria entumecida de enquistados complejos
y cascarrientos labios
que se olvida del sexo en todas partes,
que confunde el amor con el masaje,
la poesía con la congoja acidulada,
los misales con los libros de caja.
Desolados engendros del azar y el hastío,
con la carne exprimida
por los bancos de estuco y tripas de oro,
por los dedos cubiertos de insaciables ventosas,
por caducos gargajos de cuello almidonado,
por cuantos mingitorios con trato de excelencia
explotan las tinieblas,
ordeñan las cascadas,
la edulcorada caña,
la sangre oleaginosa de los falsos caballos,
sin orejas,
sin cascos,
ni florecido esfínter de amapola,
que los llevan al hambre,
a empeñar la esperanza,
a vender los ovarios,
a cortar a pedazos sus adoradas madres,
a ingerir los infundios que pregonan las lámparas,
los hilos tartamudos,
los babosos escuerzos que tienen la palabra,
y hablan,
hablan,
hablan,
ante las barbas próceres,
o verdes redomones de bronce que no mean,
ante las multitudes
que desde un sexto piso
podrán semejarse a caviar envasado,
aunque de cerca apestan:
a sudor sometido,
a cama trasnochada,
a sacrificio inútil,
a rencor estancado,
a pis en cuarentena,
a rata muerta.

Oliverio Girondo 

domingo, 8 de febrero de 2015


No soy quien escucha...

No soy quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.

No soy quien se pasa la lengua entre los labios,
al sentir que la boca se me llena de arena.

No soy quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.

Oliverio Girondo

martes, 1 de julio de 2014


Visita...

No estoy.
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
la afición al misterio,
el culto a la ceniza,
a cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
para lo inhabitado.
Cuando venga a buscarme,
díganle:
"se ha mudado".

 Oliverio Girondo

domingo, 11 de mayo de 2014

LO QUE ESPERAMOS 

Tardará, tardará. 

Ya sé que todavía 
los émbolos, 
la usura, 
el sudor, 
las bobinas 
seguirán produciendo, 
al por mayor, 
en serie, 
iniquidad, 
ayuno, 
rencor, 
desesperanza; 
para que las lombrices con huecos portasenos, 
las vacas de embajada, 
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos, 
se sacien de adulterios, 
de hastío, 
de diamantes, 
de caviar, 
de remedios. 

Ya sé que todavía pasarán muchos años 
para que estos crustáceos 
del asfalto 
y la mugre 
se limpien la cabeza, 
se alejen de la envidia, 
no idolatren la saña, 
no adoren la impostura, 
y abandonen su costra 
de opresión, 
de ceguera, 
de mezquindad. 
de bosta. 

Pero, quizás, un día, 
antes de que la tierra se canse de atraernos 
y brindarnos su seno, 
el cerebro les sirva para sentirse humanos, 
ser hombres, 
ser mujeres, 
-no cajas de caudales, 
ni perchas desoladas-, 
someter a las ruedas, 
impedir que nos maten, 
comprobar que la vida se arranca y despedaza 
los chalecos de fuerza de todos los sistemas; 
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas 
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra. 

Y entonces... 
¡Ah!, ese día 
abriremos los brazos 
sin temer que el instinto nos muerda los garrones, 
ni recelar de todo, 
hasta de nuestra sombra; 
y seremos capaces de acercarnos al pasto, 
a la noche, 
a los ríos, 
sin rubor, 
mansamente, 
con las pupilas claras, 
con las manos tranquilas; 
y usaremos palabras sustanciosas, 
auténticas; 
no como esos vocablos erizados de inquina 
que babean las hienas al instarnos al odio, 
ni aquellos que se asfixian 
en estrofas de almíbar 
y fustigada clara de huevo corrompido; 
sino palabras simples, 
de arroyo, 
de raíces, 
que en vez de separarnos 
nos acerquen un poco; 
o mejor todavía 
guardaremos silencio 
para tomar el pulso a todo lo que existe 
y vivir el milagro de cuanto nos rodea, 
mientras alguien nos diga, 
con una voz de roble, 
lo que desde hace siglos 
esperamos en vano.

Oliverio Girondo

domingo, 14 de julio de 2013

Poema ¡Todo era amor! de Oliverio Girondo


¡Todo era amor!

¡Todo era amor... amor! 
No había nada más que amor. 
En todas partes se encontraba amor. 
No se podía hablar más que de amor. 
Amor pasado por agua, a la vainilla, 
amor al portador, amor a plazos. 
Amor analizable, analizado. 
Amor ultramarino. 
Amor ecuestre. 
Amor de cartón piedra, amor con leche... 
lleno de prevenciones, de preventivos; 
lleno de cortocircuitos, de cortapisas. 
Amor con una gran M, 
con una M mayúscula, 
chorreado de merengue, 
cubierto de flores blancas... 
Amor espermatozoico, esperantista. 
Amor desinfectado, amor untuoso... 
Amor con sus accesorios, con sus repuestos; 
con sus faltas de puntualidad, de ortografía; 
con sus interrupciones cardíacas y telefónicas. 
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, 
de los bomberos. 
Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, 
que arranca los botones de los botines, 
que se alimenta de encelo y de ensalada. 
Amor impostergable y amor impuesto. 
Amor incandescente y amor incauto. 
Amor indeformable. Amor desnudo. 
Amor-amor que es, simplemente, amor. 
Amor y amor... ¡y nada más que amor!