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lunes, 14 de enero de 2019


Quechua es mi corazón

Tengo en mi cuerpo
el canto de pájaros anunciando la lluvia, el pozo de agua en la chagra
y el hombre que pasa acariciando neblina.

Quechua es mi corazón

porque ayer la noche me llamaba, porque hoy el gris del cielo me pregunta, porque mañana seguiré cantando
sobre las cenizas.

Quechua es el viento que desparramó los hilos del tejido
en la noche misteriosa de velas y mecheros.

Quechua es el silencio de mujer
mientras piensa en la ausencia de su amado a la orilla de la tullpa... a la orilla de la tierra a la orilla de un camino.

Quechua es el rocío de la mañana y la voz de nuestros muertos.

Quechua es el corazón
que se agita entre flautas y tambores en el relincho del tiempo milenario con olor a kiñiwa y maíz tostado, donde aún decimos: nuestras manos, nuestros cuerpos, nuestra voz, nuestra música, nuestra resistencia.

Quechua es la tierra madre a quien pertenecemos,
la que abriga la placenta y nos pare al mundo,
en una minga de lucha y lunas permanentes.

Fredy Chikangana


espíritu de pájaro

Estos son cantos a la Madre Tierra en tono mayor, son susurros que vienen de bosques lejanos,
aquellas palabras esquivas que buscan ser gota en el corazón humano. Son tonos suaves, como si dijéramos:
«Vamos en silencio por los caminos húmedos de la vida,
la hierba de la esperanza nos saluda entre la noche y sus sombras, nuestras huellas se abrazan a la tierra y el granizo canta
entre las hojas del árbol.
Somos el fuego de estrellas que se desprenden de la bóveda azul anunciando el nuevo tiempo,
aquí estamos tejiendo el círculo de la mariposa amarilla, sembrando agua en los lugares desiertos,
en fin, somos espíritu de pájaro
en pozos del ensueño».

Fredy Chikangana


puñado de tierra

Me entregaron un puñado de tierra para que ahí viviera.
«Toma, lombriz de tierra», me dijeron,
«Ahí cultivarás, ahí criarás a tus hijos, ahí masticarás tu bendito maíz».
Entonces tomé ese puñado de tierra, lo cerqué de piedras para que el agua no me lo desvaneciera,
lo guardé en el cuenco de mi mano, lo calenté, lo acaricie y empecé a labrarlo…
Todos los días le cantaba a ese puñado de tierra; entonces vino la hormiga, el grillo, el pájaro de la noche, la serpiente de los pajonales,
y ellos quisieron servirse de ese puñado de tierra.
Quité el cerco y a cada uno le di su parte.
Me quedé nuevamente solo
con el cuenco de mi mano vacío;
cerré entonces la mano, la hice puño y decidí pelear por aquello que otros nos arrebataron.

Fredy Chikangana