lunes, 27 de noviembre de 2017


SOBRE LA POESÍA

habría un par de cosas que decir/
que nadie la lee mucho/
que esos nadie son pocos/
que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y
con el asunto de comer cada día/se trata
de un asunto importante/recuerdo
cuando murió de hambre el tío juan/
decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/
pero el problema fue después/
no había plata para el cajón/
y cuando finalmente pasó el camión municipal a llevárselo
el tío juan parecía un pajarito/
los de la municipalidad lo miraron con desprecio o desdén/
murmuraban
que siempre los están molestando/
que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no
pajaritos como el tío juan/especialmente
porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje
hasta el crematorio municipal/
y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/
y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/
el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentían que
les hacía pío-pío en la cabeza/el
tío juan era así/le gustaba cantar/
y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/
entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas y piaron un rato/
y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises de vergüenza/pero
volviendo a la poesía/
los poetas ahora la pasan bastante mal/
nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/
el oficio perdió prestigio/para un poeta es cada día más difícil
conseguir el amor de una muchacha/
ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/
que un guerrero haga hazañas para que él las cante/
que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/
y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron
las muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/
o simplemente los poetas/
o pasaron las dos cosas y es inútil
romperse la cabeza pensando en la cuestión/
lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío
en las más raras circunstancias/
tío juan después de muerto/yo ahora
para que me quierás/

Juan Gelman




domingo, 29 de octubre de 2017


UN PERISCOPIO INVERTIDO (o la memoria, una llave enterrada)
Subcomandante Marcos

“Cuentan que los más primeros dioses, los que nacieron el mundo, tenían muy mala memoria y rápido se olvidaban de lo que hacían o decían. Unos dicen que era porque los más grandes dioses no tenían por qué acordarse de nada, porque ellos ya eran desde cuando el tiempo no tenía tiempo, o sea que no hubo nada antes de ellos y si no hubo nada antes entonces no había de qué tener memoria. Quién sabe, pero el caso era que todo lo olvidaban. Este mal lo heredaron a todos los gobernantes que en el mundo son y han sido. Pero los dioses más grandes, los más primeros, supieron que la memoria era la llave del futuro y que había que cuidarla como se cuida la tierra, la casa y la historia. Así que, como antídoto para su amnesia, los más primeros dioses, los que nacieron el mundo, hicieron una copia de todo lo que habían hecho y de todo lo que sabían. Esa copia la escondieron bajo el suelo de modo que no se confundiera con lo que había sobre la superficie. Así que debajo del suelo del mundo hay otro mundo idéntico al de acá arriba, con una historia paralela a la de la superficie. El mundo primero está bajo la tierra.”
Le pregunté al Viejo Antonio si es que el mundo subterráneo era una copia idéntica a la del mundo que conocemos.
“Fue”, me respondió el Viejo Antonio, “ya no”. Y es que -explicó- el mundo de afuera se fue desordenando y desacomodando al paso del tiempo. “Cuando los más primeros dioses se fueron, nadie de los gobiernos se acordó de mirar abajo para ir arreglando lo que se iba desacomodando. Así que cada nueva generación de jefes pensó que el mundo que le tocaba así era de por sí y que no era posible otro mundo. Así que lo que está abajo de la tierra es igual a lo que está arriba, pero es en forma distinta”.
Dijo el Viejo Antonio que por eso es costumbre de los hombres y mujeres verdaderos el enterrar el ombligo del recién nacido. Lo hacen para que el nuevo ser humano eche un vistazo a la historia verdadera del mundo y sepa luchar para acomodarlo de nuevo como debe ser.
Así que allá abajo no sólo está el mundo, sino que está la posibilidad de un mundo mejor.
-¿Y estamos también los dos? -pregunta la mar somnolienta.
-Sí, y juntos -le respondo.
-No te creo -dice la mar, pero con discreción gira sobre su costado y se asoma por un huequito que una piedrita dejó en el suelo.
– Deveras -le insisto- si tuviéramos un periscopio podríamos asomamos.
-¿Un periscopio? -murmura.
-Sí -le digo- un periscopio, un periscopio invertido…



miércoles, 18 de octubre de 2017


Árboles 

Algunos árboles que ya no tengo

me regresan en sueños:

el sauce llorón de mi infancia,

la línea oscura de ligustros,

las casuarinas y su aullido,

un limonero escala al techo,

una higuera que vio a mi madre crecer

y al sol de la siesta me oyó

conversar con mi abuela,

pesadas hojas que oigo caer desde el gomero.

Son tan nítidos,

como si los tocase tras andar un atajo

que avergonzara al tiempo.

A veces creo que de ellos algo

creció en mí,

que soy la suma de mis árboles.

 

Roberto Malatesta, en La estrella roja

Los nísperos

El comercio no puede con los nísperos,

desde que son arrancados de la planta

hasta ser colocados en el mercado

se echan a perder. Los nísperos

frutos sin precio, reacios a las balanzas,

los he visto crecer en patios

con muros de rojos ladrillos

y verdes de un medicinal silencio

Plantar nísperos, observar su crecimiento,

probar sus frutos es un arte remoto

como vivir a orillas de un río

vivir un poco fuera del tiempo, o contemplar

las hojas a la hora de la puesta del sol.


Roberto Malatesta

lunes, 7 de agosto de 2017


EL POEMA que viene
sin buscarlo
va tan lejos
como puede
el poema que salta
de la ranura instantánea
a la palabra
sólo persiste
si hay un rostro
si una luz semejante
cobija la voz
no importa dónde
Entonces cruza el frío
la noche
cruza el desierto
avanza
besa silente
la raíz oculta
y allí
construye para siempre
su morada

Hugo Gola

EL REGRESO

Regresarán follajes y entrecruzar de ramas,
el complejo rumor de los árboles, los múltiples,
salpicados, cambiantes colores de las hojas.

Volverán a su única semilla
a su primera vez, a su germen oscuro
donde un día dormían.

Y juntos, sin saberse ni verse, sin el ansia
por salir a la luz desde allá abajo
como ahora se esfuerzan en los espesos montes
alzándose y luchando.

Regresará aquel rojo de pétalo encendido
aquel verdor de luz, de dorada alegría
aquella flor veteada y de irisar rizado

todo aquel amarillo llovido sobre el campo
cuando abril se caía en gotas amarillas
sobre un lado del cerro.

Todos regresarán a su hueco de sombra
al centro oscuro y simple donde estuvieron juntos
donde una vez durmieron.

Circe Maia

Geología

¿Quién mira los retratos?
¿Acaso existen esos retratos
sin alguien que los mire?
En los estantes de la biblioteca,
en cada hueco de pared,
sobre mesitas cubiertas de libros,
asoman los pequeños que fueron,
desnudos y azorados
y en sus miradas
rescatamos a esos hombres y mujeres
de ahora,
que a veces pasan
con sus calvicies o su intolerancia.
Entonces vivían la infancia:
el niño lloraba
cuando subía al primer tren,
las niñas del monopatín
tenían grandes moños de cinta
en su pelo
y unos trajes de marinero,
orgullo de su madre.
En los nietos se rastreaba el parecido con aquella tía
que quedó en Europa
o se suicidó frente al espejo.
O con el abuelo anarquista
de enigmática sonrisa.
En los cuartos vacíos de la casa
las fotografías sobreviven.
Nadie las mira ya.
No hay ocasiones
de entrar en los recintos sagrados,
dormitorios sin sexo,
comedores desiertos.
Quién va a preguntarse:
¿fui yo así en otros años?
Ya no hay miradas.
No hay más que ojos inmóviles
y sonrisas detrás de los vidrios
y, sin duda, unos trajes prolijos
que pasaron de moda.

Camino hecho, 1991. Emma Barrandeguy