miércoles, 10 de junio de 2015


Íntima

Yo te diré los sueños de mi vida
En lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
Sobre tus hombros pesará mi cruz.

Las cumbres de la vida son tan solas,
Tan solas y tan frías! Yo encerré
Mis ansias en mí misma, y toda entera
Como una torre de marfil me alcé.

Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
Ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismo:
Yo vacilaba, me sostengo en ti.

Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
Puras y frescas la verdad: yo sé
Que está en el fondo magno de tu pecho
El manantial que vencerá mi sed.

Y sé que en nuestras vidas se produjo
El milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
Llega a la tuya como un gran espejo.

Imagina el amor que habré sonado
En la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
Bajo el azur sin fin se sintió preso.

Imagina mi amor, mi amor que quiere
Vida imposible, vida sobrehumana,
Tú que sabes si pesan, si consumen
Alma y sueños de Olimpo en carne humana.

Y cuando frente al alma que sentía
Poco el azur para bañar sus alas,
Como un gran horizonte aurisolado
O una playa de luz, se abrió tu alma:

¡Imagina! ¡Estrechar vivo, radiante
El imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a Dios, al sol, la flor, el aire,
¡La vida toda porque tú eras vida!

Si con angustia yo compré esta dicha,
¡Bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
Al sol naciente por sus labios rojos!

¡Ah! tú sabrás mi amor, mas vamos lejos,
A través de la noche florecida;
Acá lo humano asusta, acá se oye,
Se ve, se siente sin cesar la vida.

Vamos más lejos en la noche, vamos
Donde ni un eco repercuta en mí,
Como una flor nocturna allá en la sombra
Yo abriré dulcemente para ti.

(De El libro blanco (Frágil), 1907)

Delmira Agustini


Veinte siglos

Para decirte, amor, que te deseo,
Sin los rubores falsos del instinto,
Estuve atada como Prometeo,
Pero una tarde me salí del cinto.
Son veinte siglos los que movió mi mano
Para poder decirte sin rubores:
"Que la luz edifique mis amores" [...] 

 Alfonsina Storni

Me sobra el corazón

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo, 
hoy estoy para penas solamente, 
hoy no tengo amistad, 
hoy sólo tengo ansias 
de arrancarme de cuajo el corazón 
y ponerlo debajo de un zapato.
Hoy reverdece aquella espina seca, 
hoy es día de llantos de mi reino, 
hoy descarga en mi pecho el desaliento 
plomo desalentado.
No puedo con mi estrella. 
Y me busco la muerte por las manos 
mirando con cariño las navajas, 
y recuerdo aquel hacha compañera, 
y pienso en los más altos campanarios 
para un salto mortal serenamente.
Si no fuera ¿por qué?… no sé por qué, 
mi corazón escribiría una postrera carta, 
una carta que llevo allí metida, 
haría un tintero de mi corazón, 
una fuente de sílabas, de adioses y regalos, 
y ahí te quedas, al mundo le diría.
Yo nací en mala luna. 
Tengo la pena de una sola pena 
que vale más que toda la alegría.
Un amor me ha dejado con los brazos caídos 
y no puedo tenderlos hacia más. 
¿No veis mi boca qué desengañada, 
qué inconformes mis ojos?
Cuanto más me contemplo más me aflijo: 
cortar este dolor ¿con qué tijeras?
Ayer, mañana, hoy 
padeciendo por todo 
mi corazón, pecera melancólica, 
penal de ruiseñores moribundos.
Me sobra corazón.
Hoy, descorazonarme, 
yo el más corazonado de los hombres, 
y por el más, también el más amargo.
No sé por qué, no sé por qué ni cómo 
me perdono la vida cada día.

Miguel Hernández

martes, 9 de junio de 2015




Cada día sin goce no fue tuyo 
Fue sólo durar en él. Cuanto vivas 
Sin que lo goces, no lo vives. 

No pesa que ames, bebas o sonrías: 
Basta el reflejo del sol ido en el agua 
De un charco, si te es grato. 

¡Feliz de quien, por tener en cosas mínimas 
Su placer puesto, ningún día niega 
La natural ventura!

Odes De Ricardo Reis
Ricardo Reis (Heterónimo de Fernando Pessoa)

miércoles, 3 de junio de 2015


NO HACEN FALTA DISCURSOS:

las palabras
aisladas
son acopio. Plegadas,
desafían
la atención. Cuando digo
'la hebra'
el mundo se devana.

Las palabras-semilla desarrollan
raíces, se despliegan
en árbol y florecen
de pie.
Vale la pena
contemplarlas.

Hay otras,
como gotas, que se alargan
en hilo, se convierten
en río y se confunden
con el mar.
Eran dulces
y son amargas.

Las que forman
cristales
te incluyen.
Lo que entra
ya no puede salir.

No queda nada
fuera.

Las herméticas
incuban lo que sientes.
No confirman
ni desmienten:
que sea
lo que es.

Las palabras se unen
de a dos, de a tres,
y forman las guirnaldas
del tiempo.
Cuando acaban,
el tiempo se repliega
de nuevo.

¿Cuántas veces
atestiguan en contra?
No diríamos
'diversión', 'pasatiempo',
ni en otro orden 'éxtasis', 'transporte',
si no fuera deseable
perderse:
cuando pienso
'nirvana',
palabras y palabras y palabras
se anulan,
se desdicen,
y se abren

las trampas.
Este buda

te saluda.


Hugo Padeletti, en El andariego

Uno responde como puede 

“No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez.
Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?... ¿Qué has querido de verdad?... ¿Qué has sabido de verdad?... ¿A qué has sido fiel o infiel?... ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?...
Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera”.

Sandor Marai, en El último encuentro

martes, 2 de junio de 2015


¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida 
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué 
es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes, 
o este sol colorado que es mi sangre furiosa 
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer 
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo, 
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces 
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra 
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar 
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una, 
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

Gonzalo Rojas