domingo, 22 de noviembre de 2015


Retorna de la tierra
la violeta.
Un secreto de agua y de raíces
del oscuro y muy claro origen de las cosas
se presiente en su aroma.

Edith Vera


Una vez que se ha pronunciado
la palabra amapola
hay que dejar pasar algo de tiempo
para que se recompongan
el aire
y nuestro corazón.

Edith Vera



¿Vamos a recoger hierbas por el mundo?
Haremos un herbario con hojas y flores,
aún con aquellas que parecen
un murmullo apagado en la arena.
¡Qué bello será tener praderas,
pueblos, montañas, islas,
el silencio de una almendra caída
y el silbido de vientos lejanos
descansando
en el cálido abrigo de la falda!

Edith Vera




Señor gerente general:
¿Qué sabe usted de la mariposa?
¿Qué sabe del río y la sombra armoniosa,
sutil del sauce, llorando sobre el agua?
¡Un cero en poesía señor gerente general
graduado en tanto por ciento mensual!
¿Qué sabe usted de la nube nacarada
del cielo sonrosado, y de regalar imágenes
a novia enamorada?
¿Vio al zorzal peleando a un toro
de oro?
¿Vio sonreír la flor
por amor?
¿Oyó llorar a la paloma
de dolor?
Venga señor gerente general:
¿Oyó hablar de la música sin pentágono
y de violines en el viento?
Límpiese el alma del dinero
de sus amos,
líbrese de la tontería de ser gerente general.
¡Un cero en poesía
un uno en vida hermosa
y el repudio del clavel
y los desaires de una rosa...

Gastón Gori

jueves, 19 de noviembre de 2015


LA VIDA SENCILLA

Llamar al pan el pan y que aparezca
sobre el mantel el pan de cada día;
darle al sudor lo suyo y darle al sueño 
y al breve paraíso y al infierno 
y al cuerpo y al minuto lo que piden; 
reír como el mar ríe, el viento ríe, 
sin que la risa suene a vidrios rotos; 
beber y en la embriaguez asir la vida, 
bailar el baile sin perder el paso, 
tocar la mano de un desconocido 
en un día de piedra y agonía 
y que esa mano tenga la firmeza 
que no tuvo la mano del amigo; 
probar la soledad sin que el vinagre 
haga torcer mi boca, ni repita 
mis muecas el espejo, ni el silencio
se erice con los dientes que rechinan: 
estas cuatro paredes —papel, yeso, 
alfombra rala y foco amarillento— 
no son aún el prometido infierno; 
que no me duela más aquel deseo, 
helado por el miedo, llaga fría, 
quemadura de labios no besados: 
el agua clara nunca se detiene 
y hay frutas que se caen de maduras; 
saber partir el pan y repartirlo, 
el pan de una verdad común a todos, 
verdad de pan que a todos nos sustenta, 
por cuya levadura soy un hombre, 
un semejante entre mis semejantes; 
pelear por la vida de los vivos, 
dar la vida a los vivos, a la vida, 
y enterrar a los muertos y olvidarlos 
como la tierra los olvida: en frutos... 
Y que a la hora de mi muerte logre 
morir como los hombres y me alcance 
el perdón y la vida perdurable 
del polvo, de los frutos, y del polvo.

Octavio Paz

MARIPOSA DE OTOÑO

LA mariposa volotea
y arde —con el sol— a veces.

Mancha volante y llamarada, 
ahora se queda parada 
sobre una hoja que la mece.

Me decían: —No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.

Yo tampoco decía nada.
Y pasó el tiempo de las mieses.

Hoy una mano de congoja
llena de otoño el horizonte.
Y hasta de mi alma caen hojas.

Me decían: —No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.

Era la hora de las espigas. 
El sol, ahora, 
convalece.

Todo se va en la vida, amigos.
Se va o perece.

Se va la mano que te induce. 
Se va o perece.

Se va la rosa que desates.
También la boca que te bese.

El agua, la sombra y el vaso.
Se va o perece.

Pasó la hora de las espigas.
El sol, ahora, convalece.

Su lengua tibia me rodea.
También me dice: —Te parece.

La mariposa volotea,
revolotea,
y desaparece.

Pablo Neruda

domingo, 15 de noviembre de 2015


CÍRCULO

Niña de las historias melancólicas, niña, 
niña de las novelas, niña de las tonadas 
tienes un gesto inmóvil de estampa de provincia
en el agua de otoño de la cara perdida 
y en los serios cabellos goteados de dramas. 
Estás sobre mi vida de piedra y hierro ardiente
como la eternidad encima de los muertos, 
recuerdo que viniste y has existido siempre, 
mujer, mi mujer mía, conjunto de mujeres, 
toda la especie humana se lamenta en tus huesos.
Llenas la tierra entera, como un viento rodante, 
y tus cabellos huelen a tonada oceánica,
naranjo de los pueblos terrosos y joviales,
tienes la soledad llena de soledades, 
y tu corazón tiene la forma de una lágrima. 
Semejante a un rebaño de nubes, arrastrando 
la cola inmensa y turbia de lo desconocido, 
tu alma enorme rebasa tus huesos y tus cantos, 
y es lo mismo que un viento terrible y milenario 
encadenado a una matita de suspiros. 
Te pareces a esas cántaras populares, 
tan graciosas y tan modestas de costumbres; 
tu aristocracia inmóvil huele a yuyos rurales,
muchacha del país, florecida de velámenes, 
y la greda morena, triste de aves azules. 
Derivas de mineros y de conquistadores, 
ancha y violenta gente llevó tu sangre extraña, 
y tu abuelo, Domingo de Sánderson, fue un hombre; 
yo los miro y los veo cruzando el horizonte 
con tu actitud futura encima de la espalda. 
Eres la permanencia de las cosas profundas 
y la amada geográfica, llenando el Occidente; 
tus labios y tus pechos son un panal de angustia, 
y tu vientre maduro es un racimo de uvas 
colgado del parrón colosal de la muerte. 
Ay, amiga, mi amiga, tan amiga mi amiga, 
cariñosa lo mismo que el pan del hombre pobre;
naciste tú llorando y sollozó la vida; 
yo te comparo a una cadena de fatigas
hecha para amarrar estrellas en desorden.

Pablo de Rokha