martes, 19 de mayo de 2015


El poema

El poema

Detrás de aquella nube

hay un poema que me acecha.

No escucho ni el rugido

del león, ni el zumbido cifrado de la abeja,

ni el acorde solar del ruiseñor,

ni la cruel seducción de la sirena,

pero es mi oficio.

Sin la bolsa que cuelga en mi espalda

con la herencia de todos esos pájaros

que se han posado y han partido,

no podría nacer.

Yo le daré

el fuego de la rosa y la ceniza

de su llama,

le daré el oro cálido del sol, la plata fría

de la luna; le daré el asimiento

de la hiedra, la rotunda

cadencia de la ola en la piedra.

Le ofrendaré la atenta ceremonia

del mirasol,

vuelto hacia él mi corazón todo el día,

y acogeré las gotas de sangre que trasude

en valvas vivas.

Me alzaré sobre mí para alcanzarlo,

o me hincaré para invocarlo

o me abriré para parirlo.

(Si él no nace,

¿yo me muero?)

Le daré la voz del buhonero

para que venda su belleza en la plaza.

si tan sólo quiere bajar,

si tan sólo quiere probar,

si tan sólo quiere encarnar.

 Hugo Padelletti

Para hablar con los muertos

Para hablar con los muertos
hay que elegir palabras
que ellos reconozcan tan fácilmente
como sus manos
reconocían el pelaje de sus perros en la oscuridad.
Palabras claras y tranquilas
como el agua del torrente domesticada en la copa
o las sillas ordenadas por la madre
después que se han ido los invitados.
Palabras que la noche acoja
como los pantanos a los fuegos fatuos.

Para hablar con los muertos
hay que saber esperar:
ellos son miedosos
como los primeros pasos de un niño.
Pero si tenemos paciencia
un dia nos responderán
con una hoja de álamo atrapada por un espejo roto,
con una llama de súbito reanimada en la chimenea
con un regreso oscuro de pájaros
frente a la mirada de una muchacha
que aguarda inmóvil en un umbral.

Jorge Teillier

Daría todo el oro del mundo 

Daría todo el oro del mundo
por sentir de nuevo en mi camisa
las frías monedas de la lluvia.

Por oír rodar el aro de alambre
en que un niño descalzo
lleva el sol a un puente.

Por ver aparecer
caballos y cometas
en los sitios vacíos de mi juventud.

Por oler otra vez
los buenos hijos de la harina
que oculta bajo su delantal la mesa.

Para gustar
la leche del alba
que va llenando los pozos olvidados.

Daría no sé cuánto
por descansar en la tierra
con las frías monedas de plata de la lluvia
cerrándome los ojos.

Jorge Teillier


Fotografía de David Seymour


Sueño despierto

Yo sueño con los ojos 
abiertos, y de día 
y noche siempre sueño. 
Y sobre las espumas 
del ancho mar revuelto, 
y por entre las crespas 
arenas del desierto, 
y del león pujante, 
monarca de mi pecho, 
montado alegremente 
sobre el sumiso cuello,— 
un niño que me llama 
flotando siempre veo!

José Martí

lunes, 18 de mayo de 2015


Canción de amor 

¿Cómo sujetar mi alma para
que no roce la tuya?
¿Cómo debo elevarla
hasta las otras cosas, sobre ti?
Quisiera cobijarla bajo cualquier objeto perdido,
en un rincón extraño y mudo
donde tu estremecimiento no pudiese esparcirse. 

Pero todo aquello que tocamos, tú y yo,
nos une, como un golpe de arco,
que una sola voz arranca de dos cuerdas.
¿En qué instrumento nos tensaron?
¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido?
¡Oh, dulce canto!

Rainer María Rilke

Las rosas

Si tu frescura a veces nos sorprende tanto
dichosa rosa,
es que en ti misma, por dentro,
pétalo contra pétalo, descansas.

Conjunto bien despierto cuyo centro
duerme, mientras se tocan, innumerables,
las ternuras de ese corazón silencioso
que suben hasta la extrema boca.

Rainer Maria Rilke

Meditative Rose, Salvador Dali





   ALMA DESNUDA

Soy un alma desnuda en estos versos, 
Alma desnuda que angustiada y sola 
Va dejando sus pétalos dispersos.

Alma que puede ser una amapola, 
Que puede ser un lirio, una violeta, 
Un peñasco, una selva y una ola.

Alma que como el viento vaga inquieta 
Y ruge cuando está sobre los mares, 
Y duerme dulcemente en una grieta.

Alma que adora sobre sus altares, 
Dioses que no se bajan a cegarla; 
Alma que no conoce valladares.

Alma que fuera fácil dominarla 
Con sólo un corazón que se partiera 
Para en su sangre cálida regarla.

Alma que cuando está en la primavera 
Dice al invierno que demora: vuelve, 
Caiga tu nieve sobre la pradera.

Alma que cuando nieva se disuelve 
En tristezas, clamando por las rosas(*) 
con que la primavera nos envuelve.

Alma que a ratos suelta mariposas 
A campo abierto, sin fijar distancia, 
Y les dice: libad sobre las cosas.

Alma que ha de morir de una fragancia 
De un suspiro, de un verso en que se ruega, 
Sin perder, a poderlo, su elegancia.

Alma que nada sabe y todo niega 
Y negando lo bueno el bien propicia 
Porque es negando como más se entrega.

Alma que suele haber como delicia 
Palpar las almas, despreciar la huella, 
Y sentir en la mano una caricia.

Alma que siempre disconforme de ella, 
Como los vientos vaga, corre y gira; 
Alma que sangra y sin cesar delira 
Por ser el buque en marcha de la estrella.

Alfonsina Storni