domingo, 5 de junio de 2016


Todo vuelve otra vez

Todo vuelve otra vez
todo inicia en la luz
su juego claro

Ojos cayendo sobre el río
un ombú solitario
el recuerdo
desgarrando la palabra

Parte de esta savia soy
de esta desazón soy parte

Dylan Thomas
auxíliame por Dios

Dylan
maestro de alcoholes
y de fuegos
estoy perdido
no encuentro ahora
en esta tarde de domingo
más que un cielo de cine
una caída triste
un desierto constante

Dylan
auxíliame por Dios
El mundo no es para mí

Álamos
agudos álamos
¿Me moriré quizá
en un domingo tan viudo
como éste?

Hugo Gola




(...)

...¿Ves esa niebla que anda como desprendiéndose del río, la ves ahora, casi rodando el suelo, acariciante y huidiza sobre los pajonales secos, amarilleado por la escarcha de un otoño desmedido? Son nubes, nubes que han bajado, cansadas de tanto movimiento puro, sin apoyo, deseosas de sentir la solidez tozuda de la tierra, su beso opaco...

(...)

Y llegó
el silencio de la tarde
azul
morado
rojo

Vino hacia el río
hacia la quieta
y oscura
majestad del agua
vino hasta los árboles
hasta el puente
cayó sobre los barcos
se tendió en las islas
se difundió en el aire
pesada ahora
casi violeta
sin humo
sin una nube

Un barco cruzó
rezando el agua

Luego
el silencio de la tarde
entró en mi corazón
desolado.

Hugo Gola


El verdadero descanso 

Sí, estamos todos cansados, y nos olvidamos demasiado del oro del
otoño. Acaso la revolución consista en lo que el hombre por siglos ha
estado postergando: la necesidad del verdadero descanso, el que permite
ver cómo crecen, día a día, las florcitas salvajes… El hombre necesita
mirar las flores y mirar el cielo…

Juan L. Ortiz




EL PAISAJE Y EL HOMBRE


Todo sube en la quietud levemente azulada

de esta infinita mujer de tala y sauce,

esta mujer de aquí,

asomada al cielo caído en el río

como un flor de luz.

La vida tenue se escapa,

casi transparente, por las chimeneas de las casitas, loma arriba.

¿Qué será esto inclinado al paisaje

mirador de lo verde y lo lejano?


Son tan tiernos el pájaro y la nube

que en un momento parecen escucharse y comprenderse,

y la vaca, como un árbol más del campo,

apenas vuelve sus ojos, comprendiendo.


Pienso en el hombre que tiene su raíz en esta tierra,

que alimenta su mirada hacia las lomas rojizas

y así, con sus pies nacidos en lo hondo de la hierba,

ha tenido que ponerle ruedas a su rancho.

Mientras, el campo sigue bajando hacia el atardecer

y la brisa pasa como blando cuchillo,

cortándoles el olor a los retoños.

En cada hoja ondea un oculto deseo

de abrazar la tierra y morir

para nacer nuevo

y seguir siendo joven, húmeda y brillante.


¡No, no! No tiene dueños la tierra verdadera:

el chisperío rojo del seibo ¿para quién florece?

O su hermano gemelo el cardenal

¿quién le ordena su canto?...


El río sigue llevando la tarde

y desata poco a poco su cinta roja

entre los juncos amorosos.


Juan José Manauta


lunes, 30 de mayo de 2016



Afuera oigo la lluvia, adentro siento la lluvia. Mi cuerpo de barro se deshace.

Miguel Angel Bustos

domingo, 29 de mayo de 2016


HAY UN DÍA FELIZ

A recorrer me dediqué esta tarde 
Las solitarias calles de mi aldea 
Acompañado por el buen crepúsculo 
Que es el único amigo que me queda. 
Todo está como entonces, el otoño 
Y su difusa lámpara de niebla, 
Sólo que el tiempo lo ha invadido todo 
Con su pálido manto de tristeza. 
Nunca pensé, creédmelo, un instante 
Volver a ver esta querida tierra, 
Pero ahora que he vuelto no comprendo 
Cómo pude alejarme de su puerta. 
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas 
Ni sus viejos portones de madera. 
Todo está en su lugar; las golondrinas 
En la torre más alta de la iglesia; 
El caracol en el jardín, y el musgo 
En las húmedas manos de las piedras. 
No se puede dudar, éste es el reino 
Del cielo azul y de las hojas secas 
En donde todo y cada cosa tiene 
Su singular y plácida leyenda: 
Hasta en la propia sombra reconozco 
La mirada celeste de mi abuela. 
Estos fueron los hechos memorables 
Que presenció mi juventud primera, 
El correo en la esquina de la plaza 
Y la humedad en las murallas viejas. 
¡Buena cosa, Dios mío!; nunca sabe 
Uno apreciar la dicha verdadera, 
Cuando la imaginamos más lejana 
Es justamente cuando está más cerca. 
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice 
Que la vida no es más que una quimera; 
Una ilusión, un sueño sin orillas, 
Una pequeña nube pasajera. 
Vamos por partes, no sé bien qué digo, 
La emoción se me sube a la cabeza. 
Como ya era la hora del silencio 
Cuando emprendí mi singular empresa, 
Una tras otra, en oleaje mudo, 
Al establo volvían las ovejas. 
Las saludé personalmente a todas 
Y cuando estuve frente a la arboleda 
Que alimenta el oído del viajero 
Con su inefable música secreta 
Recordé el mar y enumeré las hojas 
En homenaje a mis hermanas muertas. 
Perfectamente bien. Seguí mi viaje 
Como quien de la vida nada espera. 
Pasé frente a la rueda del molino, 
Me detuve delante de una tienda: 
El olor del café siempre es el mismo, 
Siempre la misma luna en mi cabeza; 
Entre el río de entonces y el de ahora 
No distingo ninguna diferencia. 
Lo reconozco bien, éste es el árbol 
Que mi padre plantó frente a la puerta 
(Ilustre padre que en sus buenos tiempos 
Fuera mejor que una ventana abierta). 
Yo me atrevo a afirmar que su conducta 
Era un trasunto fiel de la Edad Media 
Cuando el perro dormía dulcemente 
Bajo el ángulo recto de una estrella. 
A estas alturas siento que me envuelve 
El delicado olor de las violetas 
Que mi amorosa madre cultivaba 
Para curar la tos y la tristeza. 
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces 
No podría decirlo con certeza; 
Todo está igual, seguramente, 
El vino y el ruiseñor encima de la mesa, 
Mis hermanos menores a esta hora 
Deben venir de vuelta de la escuela: 
¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo 
Como una blanca tempestad de arena!

Nicanor Parra 




viernes, 20 de mayo de 2016


Hay un estilo en la noche.
Pero la noche sobrepasa a veces su estilo
e inicia una plástica nueva, 
un lenguaje de distancias distintas, 
un desapasionado volumen
de informulada pasión. 
Los árboles y las otras cosas que se apoyan contra la noche 
sienten de pronto que la noche pasa a apoyarse en ellos, 
como si debieran guiarla en su inédito tanteo, 
en su búsqueda de otro tono del negro. 
Y la luna, que era luna en el estilo de la noche, 
pasa a ser la piel de un bautismo inminente, 
la precoz inicial de una aventura parecida a una forma, 
pero más densa que ella, 
algo así como una forma que contuviera la masa de todo.

Segunda Poesía Vertical (1963)

Roberto Juarroz