domingo, 31 de agosto de 2014


Oh, arder en el amor de la tierra y de sus criaturas, de su criatura,
arder en la nostalgia de la total relación,
ser atentos, completamente atentos,
a los cuidados cambiantes y a veces paradojales del amor,
en la llama decisiva quemarse si ella estalla,
y pasar también, por fin, al aire de los paisajes y las almas,
como un fuego sutil que abra siempre para los desconocidos
que miren temblar las hierbas o se encuentren frente a su destino,
el cielo, el cielo puro y misterioso del canto...

Juan L. Ortiz

Viendo a la gente andar

Viendo a la gente andar, ponerse el traje,
el sombrero, la piel y la sonrisa,
comer sobre los platos dulcemente,
afanarse, correr, sufrir, dolerse,
todo por un poquito de paz y de alegría,
viendo a la gente, digo, no hay derecho
a castigarle el hueso y la esperanza,
a ensuciarle los cantos, 
a oscurecerle el día,
viendo, sí ,
como la gente llora en los rincones
más oscuros del alma y sin embargo
sabe reír y sabe andar derecho,
viendo a la gente, bueno, viéndola
tener hijos y esperar y siempre
creer que van a mejorar las cosas
y viéndola pelear por sus riñones, 
digo gente,
qué hermoso andar contigo
a descubrir la fuente de lo nuevo,
a arrancar la felicidad,
a traer el futuro sobre el lomo, hablar
familiarmente con el tiempo y saber
que acabaremos y de una buena vez por ser dichosos,
que hermoso, digo, gente, qué misterio
vivir tan castigado 
y cantar y reír 
¡qué asunto raro!

Juan Gelman

No hay soledad allí donde un hombre
excava o silba o lava sus manos.
No hay soledad allí donde un árbol
agita sus hojas. Allí donde un insecto
sin nombre encuentra una flor y se posa,
donde un riachuelo refleja una estrella,
allí donde sosteniendo el seno de su madre
con sus pequeños labios abiertos y felices
duerme un niño, no hay soledad.

Nikiforos Vretakos


ESTUDIO SOBRE UNA FOTOGRAFÍA

Están sentados en el borde del pozo. 
No es la primera vez que el sol 
ilumina de frente dos personas, 
dos viajeros del mundo. 
Sin embargo, no sé por qué, 
esa mutua sonrisa quizás, 
esos granados y el verdor, quizás la hora, 
se diría que eso jamás ocurrió, que 
una cosa igual, tan dichosa, 
no ha sido retratada otra vez 
en este mundo— 
Ese silencio, 
esa quietud, sobre todo ese amor. 
Ríen 
las comisuras de sus labios. 
Ondulan los pliegues de su ropa. 
Alguien pensaría que se trata 
de un cuadro. La luz brota desde 
adentro de ellos y teje a su alrededor 
como un halo de sol.

Nikiforos Vretakos

jueves, 14 de agosto de 2014


ESCRITO SOBRE UNA MESA DE MONTPARNASSE

Una tarde por el ancho rumor de Montparnasse
por ese aire de provincia tan confianzudo y claro
–cada ventana paga su pedazo de sol con una canción,
anduve bebiendo el buen vino rojo y alegre como una canción,
rojo y alegre como una revolución.
Y entonces, pensé: ¿qué haré ahora de mi vida?
Tengo dos amigos, un saxofonista y un vendedor de globos.
Ellos me han dicho: viene el invierno y eso es terrible.
Los gatos se calientan al sol pero un hombre necesita
de la buena lumbre, de la buena carne y de la mujer
siquiera dos veces a la semana.
Algunas mujeres me han detenido en Montmartre
pero me piden cigarrillos y cien francos
y yo solo puedo darles ágiles besos casi inéditos
y hablarles de mi país sin que ellas me comprendan
y decirles que Blanca Luz está en Méjico
sin que ellas me pregunten quién es Blanca Luz.
Una noche bajo la vieja luna de París degollada en los techos
–la luna que alumbra a los enamorados y a los cobardes–
yo vi cómo en un alto balcón
se amaban un muchacho y una muchacha.
Vengo de Buenos Aires, digo a mis amigos desconocidos,
de Buenos Aires que es tres veces más grande que París
y tres veces más pequeña.
Y aunque mi sombrero y mi corbata y mi espíritu canalla
sean productos perfectamente europeos
soy triste y cordial como un legítimo argentino.
Diría: soy un pobre muchacho abandonado aquí
como una valija rotulada en todas las aduanas del mundo
y quisiera irme al Turkestán porque Turkestán es una bonita palabra
y mi amigo Michel Berboff nació en Turkestán.
Pero si yo pudiera llevar a la práctica algo que hace días reflexiono:
¡Ponerme a gritar sobre la Torre Eiffel con afilados gritos
para que venga una mujer y me ame!
¿Conocen ustedes el Neuquén?
Allí hay cabañas de troncos de árboles
y pulperías en donde venden conejillos y libros de Maurice Dekobra.
¿Y Tucumán? En Tucumán solo puede buscarse
la noche en los ojos de sus
mujeres y las guitarras de sonoras y floridas parecen patios.
¿Y Mendoza? En Mendoza los niños saben cantar
porque han nacido al borde de las acequias.
¿Y La Rioja? Yo anduve por ahí adolescente y barbudo como un gitano
y gané una elección con cincuenta pesos y una vaca,
absorto, como Buster Keaton.
¿Y Santa Fe? En Santa Fe viví treinta días en un convento
con ocho frailes franciscanos que iban doblándose hacia el suelo.
Los duendes venían hasta mi cuarto trayéndome briznas de sol
y por la noche se ocultaban en las hornacinas
para hacerles señas a los perros sin dueño y a los viajeros extraviados.
Nosotros tenemos además estaciones abandonadas, pozos de petróleo
y escuelas rurales, como en los cuentos de Bret Harte.
Pero lo que no tenemos es la alegría verdaderamente constante,
la risa verdaderamente pura,
el corazón verdaderamente libre.
Y no se hable de mi corazón.
Yo quisiera
anunciar la función de los circos
dando puñetazos a las estrellas rojas.
Yo quisiera escupir los vidrios de un expreso de lujo
para que rabien los millonarios.
Yo quisiera interrumpir todas las comunicaciones telefónicas
para ver si encuentro una palabra, una sola palabra para mí
y abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien
una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí.
Yo quisiera explotar una bomba, derrocar un gobierno,
hacer una revolución con mis manos amigas del
cristal, de la luz, de la caricia
–destruir todas la tiendas de los burgueses
y todas la academias del mundo–
y hacerme un cinturón bravío de rutas
inverosímiles como Alain Gerbault
para que venga Blanca Luz y me ame.

Raúl González Tuñón

martes, 12 de agosto de 2014


Dimisión

"Este mundo no sirve, que venga otro.
Ya hace mucho que andamos por aquí
a fingir de razones suficientes.
Seamos perro del perro: qué bien sabemos
morder a los más débiles, si mandamos,
y lamer manos, si de otros dependemos"

José Saramago

Signo de escorpión

Sabrás que para ti no habrá descanso, 
La paz no está contigo, tampoco la fortuna: 
El signo así lo ordena. 
Te pagan bien los astros esta guerra: 
Por más breve que sea la cuenta de tu vida, 
Pequeña no será.

José Saramago